martes, 25 de abril de 2017

HE Who Gets Slapped (El que recibe el bofetón) - Victor Sjöström, 1924.-

Esta película fue la primera estrenada luego de la fusión que dio como resultado la MGM, y fue la primera en la que se utilizó el legendario logo de Leo, el león. Curiosamente, la película termina con el ataque de un león hambriento que devora a los antagonistas (cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia, diría Louis B. Mayer).-


HE Who Gets Slapped cuenta dos historias que se desarrollan paralelamente. La principal es la de Paul Beaumont (Lon Chaney), un científico desconocido que investiga el origen de la Humanidad y vive con esposa Marie (Ruth King) en la villa parisina de su benefactor, el Barón Regnard (Marc McDermott). Cuando Beaumont termina su investigación, Marie lo convence de que deje la presentación ante la Academia en manos del Barón. Lo que el científico no sabe es que Marie y Regnard son amantes y han conspirado en su contra para presentar la investigación como de autoría del Barón (la escena en la cual Marie roba la llave del gabinete de Beaumont mientras éste duerme y se la entrega al Barón recuerda a aquella mucho más famosa de la bodega de vinos en Notorious, de Alfred Hitchcock). Cuando Beaumont ve sus descubrimientos plagiados por el Barón, se planta frente a la Academia para poner en evidencia el fraude y es abofeteado por el Barón, causando la carcajada de los asistentes. El impacto que esta situación produce en Beaumont (la sorpresa, la incredulidad, la vergüenza) sólo puede comprenderse viendo la compleja reacción de Lon Chaney. Solamente gracias a su actuación la trama cobra sentido, porque cuando uno lee - sin haber visto la película - que luego de este episodio Beaumont se aleja del mundo científico y se convierte en un payaso cuyo acto central es ser abofeteado, nada parece lógico. Y sin embargo, basta con ver la expresión desencajada de Chaney para comprender hasta qué punto su vida se desbarata por completo luego de esta humillación. Para colmo, su esposa no puede esperar mejor momento para abandonarlo por el Barón y repetir, aunque involuntariamente, el gesto del bofetón (provocando esta vez la risita discreta de Regnard), llamándolo payaso. Después de esto, a Beaumont básicamente se le zafa un tornillo…


Para el segundo acto de la película, han pasado cinco años y aquí comienza la segunda historia de la trama: un Conde caído en desgracia (Tully Marshall) ofrece a su hija Consuelo (Norma Shearer) como amazona circense. En el mismo momento en que la joven es evaluada como una mercancía, el artista ecuestre Bezano (John Gilbert) la ve por una puerta entreabierta y se enamora de ella. ¿La conexión entre ambas historias? El circo en el cual trabajan Consuelo y Bezano es el mismo en el cual Beaumont (ahora conocido como HE) se hace abofetear, y por supuesto, el payaso también se enamora de la hermosa Consuelo. El problema es que el Conde no está dispuesto a desaprovechar la belleza de su hija consintiendo su casamiento con un pretendiente poco acaudalado y mucho menos con un payaso desquiciado. El candidato que encontró no es otro que el Barón Regnard.-
Sjöström introduce en esta película algunos efectos visuales interesantes, fundiendo y superponiendo imágenes para las transiciones o para enfatizar determinados aspectos. Además se vale, a modo de separador, de la imagen inquietante de un payaso (no logro darme cuenta de si se trata de Chaney o de otro actor) que hace rodar una pelota, riéndose de nuestros intentos por evadir la fatalidad. En este sentido, cada personaje cumple inevitablemente con su destino, ya sea en forma voluntaria o involuntaria: Marie es abandonada por el Barón de la misma manera cruel que ella hizo con su marido; Regnard y el Conde terminan reducidos a los elementos de vicio que dominan sus vidas; HE se entrega al autocastigo de revivir su humillación y asistir a su propio entierro sobre el escenario cada noche; y los jóvenes amantes (los únicos personajes puros en la película) logran unirse, pero su inocencia ha sido manchada por los acontecimientos trágicos del final.-


Otro aspecto cautivante en HE Who Gets Slapped es el de la identidad. Con la sola excepción de Consuelo y Bezano, el resto de los personajes principales finge un atributo que no tiene, ya sea normalidad, amor, honorabilidad, inteligencia o status social. El ejemplo máximo de esta sustitución es el del propio Beaumont, quien llega al extremo de borrar por completo su identidad hasta el punto en que ya ni siquiera tiene un nombre. Es conocido simplemente como “HE” (él, en inglés).-
Sólo por ello esta película merecería consideración, pero además encontramos interpretaciones excelentes de todos y cada uno de los intérpretes. Desde los miembros de la Academia y del público del circo (igualmente despreciables) hasta los restantes payasos, el paisaje de la película está poblado por extras que contribuyen en mucho a la atmósfera general. Marc McDermott, Ruth King y Tully Marshall forman un trío de villanos muy atractivo (en particular Marshall, con esa sonrisa de gato de Cheshire: durante la escena en la cual el Conde, con una expresión perversa, convence a Regnard hablando sobre las virtudes de su hija es casi un alivio que la película no sea sonora). John Gilbert y Norma Shearer forman una pareja muy fresca y natural, aportando algo de luz en el segundo acto de una película en la cual hay tan pocos motivos para sonreír, pero también logran la gravedad necesaria en el final de la película (y Gilbert en particular logra algunas acrobacias admirables en su primera escena). Aunque sin dudas el mayor atractivo de HE Who Gets Slapped es el gran Lon Chaney. Es maravilloso ver cómo contiene su interpretación, limitando a sus representaciones como payaso cualquier desborde de alegría (sí, por momentos HE parece feliz) o de histeria. Durante el resto del tiempo Chaney reprime las emociones, transformando a su personaje en un hombre profundamente triste que ve pasar la vida sin la esperanza de que algo verdaderamente bueno pueda pasarle de nuevo. O, como él mismo dice en un intertítulo, evitando la felicidad para ponerse a resguardo de los golpes del destino.-